¿A qué edad se deja de sentir nervios al interactuar con alguien que te gusta?

Desde que lo conocí, una extraña sensación de nerviosismo adolescente y cuasi imposible de esconder se adueña de mi cada vez que le tengo cerca, me veo obligada a utilizar una gran cantidad de fuerza de voluntad para parecer normal mientras tiemblo cual gelatina recién sacada de la nevera; a tal punto, que a veces me pregunto si se habrá dado cuenta -por supuesto esperando que no-, porque se reiría hasta el cansancio al ver los estragos que su sola presencia causa en mí.

Una vez más Cupido decide lanzar sus flechas de manera errónea haciendo que me interese en alguien tan diferente, tan fuera de mi mundo en muchos sentidos -eso es lo que me repito constantemente- pero a pesar de mi retórica diaria, no consigo dejar de pensar, de querer, de desear e incluso de necesitar, aún cuando podría apostar que no hay nada de su parte; es como si fuera un imán y yo un pequeño pedazo de metal que no puede resistirse a su magnetismo.

Si las cosas son de semejante naturaleza aún cuando no ha habido ni un casto beso que lo justifique, no quiero imaginar cómo serán si hay una razón valida y real; mi conciencia y razón la tendrían muy difícil tratando de frenar la avalancha de emociones y sentimientos, porque -en honor a la verdad- no creo poder tener ni un ápice de control. No sé si la vida me está mostrando, una vez más, que las personas que despiertan mi interés, no son las que voy a tener el placer de recibir; en cierto modo, es como si me estuviese repitiendo la lección para ver si de una vez por todas la entiendo.

Creo que el final será el mismo, por aquí organizando los destrozos de una fiesta que nunca se celebró, por allá, jamás sabrá  el cúmulo de emociones que causaba ya que no tengo el coraje suficiente para preguntar ¿por qué algunas veces me miras con  malicia y picardía? y esperar a que responda que estoy viendo lo que no es y sentir el rechazo abofeteando mi cara. En esos momentos, donde siento que sus ojos dicen cualquier cantidad de cosas por él, he querido ser valiente para preguntar cuanto quiero saber, pero hasta ahora, mi razón y cordura -propias de la adulta casi abuela que soy- lo han evitado por completo, para bien o para mal.

Y no se trata de ser negativa -au contraire- como me encantaría que fuese algo mutuo: vivirlo, sentirlo, disfrutarlo plenamente hasta que deba o tenga que ser. Pero en este instante la realidad me dice que no hay nada que esperar, que no me haga ilusiones vanas porque me voy a lastimar peor y quizá, implícitamente me grita que es hora de captar el mensaje y aceptar lo que me ha sido reservado, sin seguir dando patadas de ahogado. Ahora bien, si una serie de eventos afortunados señalan  que tengo una oportunidad por más pequeña que sea, me aferraré a ella con todas las fuerzas, porque si bien es cierto el refrán que reza “Más vale sola que mal acompañada”, la soledad hace que vivas muchos aspectos a través de un cristal que por tu propia cuenta, no vas a querer romper.

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Una imagen. Mil palabras… 

Yo y mi mal hábito de ver tu perfil de vez en cuando y de cuando en vez…

Cuando Jan Koum creó Whatsapp -en el 2009 haciéndose popular en 2013 -jamás imaginó el impacto que tendría en el área de las relaciones interpersonales. Para nuestra década se ha convertido en una forma de comunicación casi que universal, permitiendo que nos contactemos con quienes queremos a pesar de la distancia, pero también nos deja saber como están aquellos con quienes no tenemos ninguna relación en particular. Cito esa app en específico, porque con sólo el número móvil tenemos una pequeña rendija para observar sin que ellos lo sepan -algo voyerista- si soy totalmente honesta.

Si anteriormente olvidar era difícil, ahora, con tantas herramientas de mensajería y redes sociales, es tres veces peor. Hace unos días leí en un artículo, que el promedio de tiempo para olvidar a alguien que quisiste oscila entre 14 y 18 meses -o algo así-; ahora con las herramientas tecnológicas la cosa se hace más complicada, de una forma u otra tienes como saber de esa persona. Tu lado racional te dice que debes poner distancia, pides a tus amigos que su nombre no salga en las conversaciones e incluso te prohíbes pensar en cualquier cosa que tenga que ver con lo pasado, llegando hasta a reprocharte si lo haces.

Pero la realidad es muy diferente, aún conservas su número móvil, y con el un acceso directo a verlo ocasionalmente en cada foto de su imagen de contacto en la app. Cada cierto tiempo, con la excusa de ver que fotos de perfil tienen tus contactos, te encuentras con la suya y no conforme con verla la detallas buscando algún cambio, compites en capacidad de análisis con cualquier especialista en rostros de una institución policial.

En algún momento te preguntas ¿Por qué esa actitud autodestructiva y masoquista?, no lo sabes. Dices una y otra vez que lo estás superando, que ya forma parte del libro de historias de tu pasado, que construiste una pared donde solía estar una puerta para regresar allí, pero eso no es del todo cierto, dejaste una pequeña rendija por donde puedes mirar cada vez que lo desees, sin entender el perjuicio que ello tiene; toma mucho tiempo reconocer el daño que nos hacemos, pero luego de internalizar y asumir, es cuando se hace lo correcto   sumprimiendo cualquier rastro de su presencia omnipresente; es decir, borrando su rastro de nuestra vida virtual.

 

Eso es todo amigos…

Después de tantos años, tantas idas vueltas, tantas palabras que significaron tanto pero que finalmente no sirvieron para nada, se acabó. 

Es increíble como los daños y no los años -como reza una canción de Juanes- develan quién es realmente una persona y en ese momento es bastante tarde para arrepentirse de haberle entregado a manos llenas miedos, verdades y sueños,  a la par de todo lo demás, que justo en este momento es lo de menos. 

Es absolutamente difícil no sentir que las emociones negativas se apoderan de ti por más inteligencia emocional que te jactes tener. Pero en mi caso ya no hay rabia que sentir, ni tristeza que manejar, solo una inmensa decepción porque cada situación termina demostrando que muchas personas son “actores estelares” con tal de conseguir sus propósitos.

Lo que queda por preguntarse es ¿Alguna vez pensaron siquiera un instante en lo que podía sentir el/la pobre tonto (a)?  La respuesta es NO en mayúsculas chillonas, porque cuando se es un vil egoísta, la consideración por los demás es una pérdida de tiempo. En este caso, te conviertes en una simple ficha de un juego del que no sabes nada hasta que te niegas a actuar como el mundo lo espera, siendo allí el momento de ver todo con total claridad. 

Hay quienes no entienden el poder de las palabras, el daño que pueden hacer, todo lo que puede estar implícito en una sola de ellas, aunque te tomes la molestia de explicarlo paso a paso como a un niño de primer grado. 

The Back up

Según Wikipedia, el respaldo es: “una copia de los datos originales que se realiza con el fin de disponer de un medio para recuperarlos en caso de su pérdida.” Cosa que funciona bien en el área de tecnologías de la información. En la vida real, sentir o saber que eres el respaldo de alguien es algo bastante ambivalente, porque si sucede con un amigo, sentirse privilegiado es la opción; por el contrario, si es con alguien a que encaja en la denominación de ex en todas sus categorías (amigo con beneficios, novio, salida y/o demás términos afines) la percepción cambia totalmente.

Sin querer queriendo empiezas a preguntarte: ¿reflejo esa percepción en quien se acerca, o acaso mi suerte es tan mala que eso es lo único que atraigo? si no es ninguna de las anteriores, buscas en lo más recóndito de tus acciones para ver si es el karma el que está pasando factura. Sin haber dilucidado cuál de todas las hipótesis es la correcta -ya que difícilmente podrás acertar- empieza la ardua tarea de cuestionarte acerca de si aceptar o no ser nuevamente “El Plato de Segunda Mesa”, expresión utilizada en mi país para definir a alguien que sólo está ahí para cuando se le necesita y nada más.

Lo antes expuesto implica, que lo último que se te puede ocurrir en una situación como esas es dejar que florezcan sentimientos, es completamente necesario convertirse en un ser frío y calculador para vivir una experiencia de esa naturaleza; si no puedes hacer eso, olvida por completo jugar a ser el respaldo de otro porque estarías tomando directamente de la cicuta y ya sabes cual es el funesto resultado.

Claro, esa es la parte racional, la parte consciente, la que sabe qué y cómo hace las cosas. Generalmente todo sucede de la forma equivocada, conoces a alguien, te gusta hasta la médula, tienen una química endemoniadamente genial, la consuman una y otra vez; hasta que un buen día aparece la realidad abofeteando con fuerza tu cara , diciéndote que la mágica relación que creíste tener, ni siquiera puede calificarse como tal, solo fue un simple espejismo. Y quedas ahí  con cara de póker, esperando, deseando, necesitando que te digan que todo lo que acabas de descubrir es una desagradable mentira.

Pero no lo es, es la cruda verdad en tus narices, sin darte espacio suficiente para voltear obligándote que la mires directamente,  que tomes acciones ya que la vida es un tren de carga sin frenos que sigue adelante así no estés preparado para lo que trae. Quedarte llorando en los laureles no es una opción, negarte lo obvio tampoco; la premisa es aceptar, asumir, definir y establecer parámetros para evitar caer cual presa en trampa. Porque no se puede olvidar que ese tren de carga algunas veces es muy cíclico y puedes terminar embarcandote en un vagón muy parecido al que ya subiste una vez.