Introspección y Aceptación (Parte I)

La vida tiene maneras muy extrañas de decir las cosas, de mostrar el camino, de colocar personas en el; mirando en retrospectiva, salvo el hecho de ser independiente, profesional y luchadora, nada ha sido como lo imaginé en la niñez; si evoco recuerdos de esa época la diferencia entre ellos y mi realidad es abismal. En aquellos días soñaba con ser Ingeniero, tener una casa, un  perro y dos hijos (un niño y una niña) -hasta sus nombres me permití escribir infinidad de veces- ese pensamiento duró pasado el bachillerato, pero no logro recordar en qué momento y por cuál circunstancia la idea de la casita, la familia y la mascota se fue haciendo tan ajena y poco atractiva.

Ahora, a mis treinta y algo, ese “escenario ideal” ha sufrido modificaciones considerables, cuando alguien pregunta ¿Con qué sueñas? Puedo responder sin titubeo alguno que sueño con el hogar, la compañía y la mascota, así, simple; no digo que el empleo porque ya lo tengo y aunque estamos en un momento de la historia tan pero tan Complicado -a falta de mejor palabra- estoy en un lugar a nivel profesional donde solo queda mostrar la valía y hacer cada cosa dando lo mejor de sí. El tema hijos es otra historia ¿la verdad? no siento ese deseo imperioso de ser madre, no pienso que un hijo sea necesario para ser un mejor ser humano, o como dicen por ahí “un hijo te hace completo”, mi opinión respecto a esa aseveración popular es que eso es poner demasiado peso sobre una persona que no lo pidió. No sé si ver las cosas de esa manera me hace buena, mala o egoísta, pero al final lo importante es hacer lo que te nazca, siempre y cuando no se lastime a nadie en el proceso.

El tan esquivo amor: a estas alturas del partido tengo que admitir que es necesario y no para tapar la soledad, sino para permitirse compartir y disfrutar con alguien a fin a ti, o mejor, con alguien que sepa hacer encajar las diferencias como piezas de rompecabezas, que al unirse muestran algo que por separado son incapaces de hacer. Pasé muchos años evitándolo y fui buena en ello, cuando creí tener todo bajo control, me enamoré por primera vez y fue como dicen los cuentos de hadas “Hermoso” salvo que la parte de “felices para siempre” no sucedió. La segunda vez, pasó sin darme cuenta – creo que eso es lo encantador de ese condenado Cupido, caes bajo su embrujo sin haber sentido el pinchazo de su flecha- la diferencia entre la primera y esa, es que sabía en que situación me encontraba, pero entendí un poco tarde que pasó con la persona equivocada.

Ahora no busco una tercera y lo aclaro, porque hay unos cuantos mortales que creen que el amor se busca cuando ni por error es así, señoras y señores, público presente: El amor te encuentra cuando ni por casualidad estás haciendo algo para buscarlo” llega solito, sin avisar, sin pedir permiso, sin tocar la puerta. Y si bien no lo estoy buscando, tampoco lo evito, por primera vez estoy totalmente abierta a la idea de que llegue alguien a quien pueda dar lo mejor de mi y viceversa. La enseñanza que quedó después de las anteriores experiencias, la puedo resumir así:

“Es genial tener a quien contar las cosas -buenas y no tan buenas- que hiciste en el día. Es cálido, relajante y genial ver la televisión con alguien acurrucado a tu lado, pero por sobretodo no hay algo tan mágico como cerrar y abrir tus ojos todos los días junto a quien te hace feliz”.

Lo malo de que la vida te haga una persona fuerte es que permitirte ser vulnerable tiende a ir contra los principios que te forjaste, pero peor es negarte a ser feliz, por cumplir estándares que en algún punto rayan en lo absurdo, y que a la única que terminan perjudicando es a ti.

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Soltar, dejar fluir, dejar pasar…

La real pregunta que puedes hacerte en este instante es ¿Para qué llorar? las lágrimas raramente solucionan algo, peor es cuando el motivo no es el dolor, sino la rabia, la indignación y la frustración, al ver como algunos se hacen de la vista gorda con sus responsabilidades sin importar de ninguna manera quién este en medio de ello mientras te partes el lomo sacrificando tus sueños, limitando tus necesidades y haciendo de tripas corazón para no decir lo que te atraviesa el alma.

Se supone que después de vivir un caos y saber de cerca lo que es la necesidad y la pobreza -no por decisión propia en este caso- lo menos que quiere alguien es volver a ello, pero al parecer para algunas personas es mucho más fácil seguir el patrón que atreverse a romperlo. Te ves completamente afectada porque  aún vives con tu familia y se supone que mientras sea así, todos deben responder por los gastos generados; aunque hasta ahora ese “todos” ha sido una utopía que sucede un mes si y cuatro no, por lo que no has tenido más opción que ser tú la que se ocupe de ellos.

En el mar de emociones embravecidas que tienes en tu interior, haces lo posible y lo imposible para evitar decir lo que se merece, quién debería sentir la misma responsabilidad que tú pero no la tiene. Guardas silencio no por miedo, sino porque conoces de sobra el daño que infringen tus palabras si no las mides cuidadosamente, lo que termina generando sentimientos de culpa, mientras que al otro le importa un condenado bledo*.

Hay un tema de Manu Chao  que dice: “Si la vida me da palo, yo la voy a soportar”, pero luego de un tiempo y bastante dolor por los golpes, entiendes que una cosa es decirlo, otra muy difícil hacerlo y otra mucho peor es mantenerte recibiéndolos. A fin de cuentas no se trata de cobardía sino de injusticia, de que en un lugar donde habitan varios sea uno solo quien tenga el compromiso de llevar el mundo a cuestas.

Por ahí dicen que al final del túnel siempre está la luz, pero resulta que cada vez que la ves, termina siendo falsa, aparece un obstáculo tras otro, haciendo que te cuestiones si de verdad tienes derecho a perseguir tus sueños y querer una vida diferente; es como si miserablemente el universo te dijera que debes conformarte con lo que tienes porque lamentablemente hay quienes les toca peor. No se trata de ser una pesimista amargada encerrada en su mediocridad, es solo que algunas veces es necesario soltar un poco de la cicuta que llevas dentro para no morir envenenada por ella – lo cual sería una perdida- ya que solo serviría para engrosar la lista de quienes fueron derrotados por su cobardía.

La vida es una Caja de Pandora en muchas ocasiones, pero en otras, que suelen ser muy escasas, es un Cofre del Tesoro que te regala únicos e invaluables instantes con personas inolvidables, ese es el contrapeso. Teniendo algo de razón la filosofía oriental que dicta que cada Yin tiene su Yan y con ello el equilibrio y la armonía. Al final, todo se reduce en cómo manejas los instantes con menos luz en tu transitar por la vida.

*Bledo: Nombre común de la planta de amaranto. Palabra utilizada en la jerga venezolana para denominar algo que no es importante. 

Eres dueño de tus emociones, no el inquilino.

La vida es una vía férrea unidireccional, siempre debes ir hacia adelante, no puedes retroceder el tiempo para reparar lo malo que hiciste o impedir una situación que te cambió. Todos pasamos por algún momento que nos golpea, que marca, que nos obliga a ser completamente diferentes a quienes considerabamos ser. A partir de ahí, sentirse perdido es la norma y casi que la regla, caer en estado de negación es inevitable y todo lo negativo de esas dos sensaciones afecta notablemente, a no ser que tomemos el control -cosa nada fácil de hacer- pero como diría una frase célebre del brillante genio Albert Einstein “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad“.

Leí alguna vez que las personas fuertes soportan grandes tormentas, pero luego de tantas veces caer es casi una necesidad, porque hasta la mejor represa tiene límites en la cantidad de volumen que puede contener y para nosotros aplica el mismo principio. Sucede que no tomamos la decisión de ser frágiles y vulnerables, debe pasar “algo” que termina siendo la gota que rebasa el vaso y causa el colapso físico y emocional, en el primero se somatiza -en mi caso particular, terminé sufriendo una convulsión cuando jamás había mostrado algún síntoma que sirviera de advertencia-, esa parte fue controlada medicamente, durante el lapso de dos años los fármacos fueron inseparables compañeros, actualmente -a Dios gracias- etapa superada; el colapso emocional, es otra historia.

Esa parte aún está en proceso de superación, a estas alturas del partido y luego de lidiar con sus consecuencias, aprendes que no puedes desligarte de ello así como si nada, se convierte en algo permanente, en una batalla campal entre la razón y la verdad contra los sentimientos de angustia y negatividad; por ahí dicen que no hay nada más difícil que luchar contra ti mismo y eso es absolutamente cierto. El tiempo y la voluntad lo hacen más llevadero, pero no significa que la carga sea más liviana sino que aprendiste a llevarla de una forma que no pese tanto.

Las experiencias nos convierten en quienes somos, en quién nos transformamos depende completamente de las decisiones tomadas, de la manera en la que  las enfrentamos cuando son todo menos agradables, pero por sobretodo en que entendamos que los errores no son para lamentarse sino para aprender las lecciones y ser cada día una mejor versión de nosotros mismos.