Soltar, dejar fluir, dejar pasar…

La real pregunta que puedes hacerte en este instante es ¿Para qué llorar? las lágrimas raramente solucionan algo, peor es cuando el motivo no es el dolor, sino la rabia, la indignación y la frustración, al ver como algunos se hacen de la vista gorda con sus responsabilidades sin importar de ninguna manera quién este en medio de ello mientras te partes el lomo sacrificando tus sueños, limitando tus necesidades y haciendo de tripas corazón para no decir lo que te atraviesa el alma.

Se supone que después de vivir un caos y saber de cerca lo que es la necesidad y la pobreza -no por decisión propia en este caso- lo menos que quiere alguien es volver a ello, pero al parecer para algunas personas es mucho más fácil seguir el patrón que atreverse a romperlo. Te ves completamente afectada porque  aún vives con tu familia y se supone que mientras sea así, todos deben responder por los gastos generados; aunque hasta ahora ese “todos” ha sido una utopía que sucede un mes si y cuatro no, por lo que no has tenido más opción que ser tú la que se ocupe de ellos.

En el mar de emociones embravecidas que tienes en tu interior, haces lo posible y lo imposible para evitar decir lo que se merece, quién debería sentir la misma responsabilidad que tú pero no la tiene. Guardas silencio no por miedo, sino porque conoces de sobra el daño que infringen tus palabras si no las mides cuidadosamente, lo que termina generando sentimientos de culpa, mientras que al otro le importa un condenado bledo*.

Hay un tema de Manu Chao  que dice: “Si la vida me da palo, yo la voy a soportar”, pero luego de un tiempo y bastante dolor por los golpes, entiendes que una cosa es decirlo, otra muy difícil hacerlo y otra mucho peor es mantenerte recibiéndolos. A fin de cuentas no se trata de cobardía sino de injusticia, de que en un lugar donde habitan varios sea uno solo quien tenga el compromiso de llevar el mundo a cuestas.

Por ahí dicen que al final del túnel siempre está la luz, pero resulta que cada vez que la ves, termina siendo falsa, aparece un obstáculo tras otro, haciendo que te cuestiones si de verdad tienes derecho a perseguir tus sueños y querer una vida diferente; es como si miserablemente el universo te dijera que debes conformarte con lo que tienes porque lamentablemente hay quienes les toca peor. No se trata de ser una pesimista amargada encerrada en su mediocridad, es solo que algunas veces es necesario soltar un poco de la cicuta que llevas dentro para no morir envenenada por ella – lo cual sería una perdida- ya que solo serviría para engrosar la lista de quienes fueron derrotados por su cobardía.

La vida es una Caja de Pandora en muchas ocasiones, pero en otras, que suelen ser muy escasas, es un Cofre del Tesoro que te regala únicos e invaluables instantes con personas inolvidables, ese es el contrapeso. Teniendo algo de razón la filosofía oriental que dicta que cada Yin tiene su Yan y con ello el equilibrio y la armonía. Al final, todo se reduce en cómo manejas los instantes con menos luz en tu transitar por la vida.

*Bledo: Nombre común de la planta de amaranto. Palabra utilizada en la jerga venezolana para denominar algo que no es importante. 

Eres dueño de tus emociones, no el inquilino.

La vida es una vía férrea unidireccional, siempre debes ir hacia adelante, no puedes retroceder el tiempo para reparar lo malo que hiciste o impedir una situación que te cambió. Todos pasamos por algún momento que nos golpea, que marca, que nos obliga a ser completamente diferentes a quienes considerabamos ser. A partir de ahí, sentirse perdido es la norma y casi que la regla, caer en estado de negación es inevitable y todo lo negativo de esas dos sensaciones afecta notablemente, a no ser que tomemos el control -cosa nada fácil de hacer- pero como diría una frase célebre del brillante genio Albert Einstein “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad“.

Leí alguna vez que las personas fuertes soportan grandes tormentas, pero luego de tantas veces caer es casi una necesidad, porque hasta la mejor represa tiene límites en la cantidad de volumen que puede contener y para nosotros aplica el mismo principio. Sucede que no tomamos la decisión de ser frágiles y vulnerables, debe pasar “algo” que termina siendo la gota que rebasa el vaso y causa el colapso físico y emocional, en el primero se somatiza -en mi caso particular, terminé sufriendo una convulsión cuando jamás había mostrado algún síntoma que sirviera de advertencia-, esa parte fue controlada medicamente, durante el lapso de dos años los fármacos fueron inseparables compañeros, actualmente -a Dios gracias- etapa superada; el colapso emocional, es otra historia.

Esa parte aún está en proceso de superación, a estas alturas del partido y luego de lidiar con sus consecuencias, aprendes que no puedes desligarte de ello así como si nada, se convierte en algo permanente, en una batalla campal entre la razón y la verdad contra los sentimientos de angustia y negatividad; por ahí dicen que no hay nada más difícil que luchar contra ti mismo y eso es absolutamente cierto. El tiempo y la voluntad lo hacen más llevadero, pero no significa que la carga sea más liviana sino que aprendiste a llevarla de una forma que no pese tanto.

Las experiencias nos convierten en quienes somos, en quién nos transformamos depende completamente de las decisiones tomadas, de la manera en la que  las enfrentamos cuando son todo menos agradables, pero por sobretodo en que entendamos que los errores no son para lamentarse sino para aprender las lecciones y ser cada día una mejor versión de nosotros mismos.